dijous, 10 d’octubre de 2013

EL CUERPO, mi nuevo relato en la Red

EL CUERPO

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Género: Fantasía urbana
Rating: + 13
Este relato es propiedad de Olga Besolí. Las ilustraciones son propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El cuerpo.

Dicen que la materia se descompone pero que la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma. Es verdad. Cuando aquel skater se dio de bruces contra mis restos putrefactos en el fondo del callejón, mi yo inmaterial fue testigo presencial del accidente.
Llevaba bastante separado de mí mismo, aunque permanecía cerca, vigilando aquel despojo mugriento y vacío que una vez fui yo. No sé porqué. Quizás por respeto a ese cuerpo que una vez poseí. O, tal vez, por miedo a que el tiempo inclemente llegase a desintegrarlo hasta hacerlo desaparecer. O, quizás, sentía añoranza del pasado. Sea lo que fuese lo que me desgarraba por dentro, la parte liberada de mi ser se obligaba a aferrarse a esa bocacalle de la que no pensaba moverme hasta que alguien encontrase mi cadáver.
Pero mientras eso no sucedía, me mantenía suficientemente lejos de él como para no presenciar con todo lujo de detalles la corrupción lenta a la que eran sometidos los tejidos y que me dolía profundamente, no de forma física, sino a mi orgullo interior. ¿Cómo podía yo haber acabado así, tirado sobre el frío suelo de un callejón sin salida, en un barrio mísero y anónimo de la capital? ¿Es que mis restos no iban a encontrar el descanso de un oficio solemne y de una buena sepultura? ¿Ese era el infame destino que aguardaba a un hombre de bien como yo?
Y allí estaba lo que antes fui, oculto por la húmeda oscuridad de ese rincón al que nadie miraba, en el cegado callejón del que todos rehuían entrar. Y allí permanecía también mi otro yo, aquello en lo que me había convertido, ese ente incorpóreo y translúcido que resistía al pie del cañón, invisible bajo los rayos solares de la calle incansablemente transitada durante el día, y más aún a la luz las farolas nocturnas ocupadas por prostitutas y a las que se acercaban escasos clientes.
En todo el tiempo que permanecí como guardián y custodio a la entrada del callejón nadie me vio, ni me oyó, ni me sintió. Ni a mí, ni a mi cuerpo que yacía semienterrado bajo los desperdicios que los vecinos tiraban por las mohosas y estrechas oberturas que hacían de ventanas. ¡Qué indiferentes se han vuelto los humanos a todo! Las manadas de transeúntes pasaban continuamente a mi lado, algunos hasta me habían traspasado, sin más secuelas que el repentino escalofrío que les recorría fugazmente las espaldas. Como si yo no fuera nada más que una ráfaga de aire frío. Hecho del mismo material que el aire.
Pero yo era mucho más que energía intangible. Conservaba la identidad. Tenía fuerza y movimientos. Poseía voluntad. Aunque carecía de un cuerpo que sostuviera todo lo anterior ¿Cómo quería que alguien me viese? ¿Cómo hacer que supieran que a unos metros de distancia, allí entre esa montaña de escombros, se estaba corrompiendo otra parte de mí? ¿Cómo pretendía que alguien alertase a las fuerzas del orden y de la ley para que vinieran en mi búsqueda? Sencillamente, no podía. Al menos por el momento.
Pronto me di cuenta que lo único que delataba mi existencia era un ápice de viento gélido que desataba con cada uno de mis movimientos. Podía crear pequeñas ráfagas que removían la hojarasca, papeles y demás basura del suelo y los esparcía siguiendo la dirección que yo le imprimía a mi brazo. Si giraba la cabeza bruscamente, conseguía una especie de remolino que se deshacía en cuanto cesaba el movimiento. Si pegaba una patada fuerte al aire, levantaba una estela de polvo y mugre. Si giraba sobre mí mismo, aparecía un tornado ascendente a pequeña escala en mitad de la acera.

Ilustración de Daniel Camargo
Fui practicando los efectos de mis vientos sobre los transeúntes, no porque les viese ninguna utilidad, sino porque....

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