dilluns, 1 d’octubre de 2012

Nou relat d'Olga Besolí a la Web // Nuevo relato de Olga Besolí en la Red

Ja tenim el nou relat d'Olga Besolí a la Web, concretament a l'ezine literari bimensual surcandoediciona.wordpress.com

L'escrit es tracta d'un conte infantil titulat "Los Visitantes", que ha estat il·lustrat per Verònica Mercader Vera i del qual us deixo un fragment:

Autor@: Olga Besolí

Corrector/a: Elsa Martínez
Género: Cuento infantil
Este relato es propiedad de Olga Besolí, y su ilustración es propiedad de  Verónica Mercader Vera. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Los visitantes.

Mi casa tiene algo especial y único: todo el mundo parece ansioso por entrar en ella y recorrer sus pasillos, salas y salones, que son incontables, porque mi casa, más que grande, es enorme. Creo que hay pocos lugares tan excepcionales como este en el mundo. Y no me refiero solo a mi casa, que ya de por sí es espectacular, sino también al paisaje que la rodea. Un pequeño río de aguas cristalinas y frescas bordea rebosante de peces coloreados el único camino que lleva hasta el arco de hierro forjado que sirve de entrada al patio de mi casa, delimitado por un antiguo muro que nadie sabe a ciencia cierta cuándo fue construido ni quién lo mandó construir. Lo mismo ocurre con el resto de la edificación, levantada con viejos bloques de piedra que aguantarían hasta un tornado o un huracán, aunque lo diga solo por decir. Todo el mundo sabe que esta no es zona de vendavales ni de grandes tormentas. No, yo vivo en un lugar de clima templado, perfecto para que mi prole y yo, pues tengo familia, podamos vivir y crecer a gusto, con ligeras lluvias otoñales que riegan la hierba sobre el campo y alimentan el musgo sobre las rocas y con una suave brisa primaveral que esparce el polen de las flores y fecunda los frutales. Tendríais que ver lo bello que es este lugar. Además, una hermosa colina corona el lado oeste de mi casa, allí donde el sol se pone todos los atardeceres dejando destellos rojizos sobre el cielo oscurecido.
Todo este conjunto, como ya he dicho, hace de mi casa un lugar único y especial, y por eso recibe tantos visitantes. Pero no llego a entender a las visitas. Cualquiera diría que soy un mal anfitrión, aunque sé que, en el fondo, eso no es cierto. Yo intento ser amable y discreto, tal como me enseñaron de pequeño, y soy ambas cosas, pero ellos no se dan ni cuenta. Casi nunca me dan la oportunidad de entrar en contacto con ellos. Y digo casi nunca porque hubo dos ocasiones especiales en que lo hice y, en ambas, me lo agradecieron aunque en una de ellas tardó mucho, muchísimo tiempo en hacerlo. ¿Veis como no debo ser tan mal anfitrión? Pero es inútil ante la mayoría de mis visitantes: o nadie les ha enseñado a comportarse en casa ajena, o bien nunca antes salieron de sus propias casas. Me explico, primero se pasean tranquilamente por todas y cada una de las estancias, posando sus manos sobre mis figuras y adornos, y de vez en cuando descansan sus posaderas sobre mis bancos. Yo les dejo hacer sin decirles nada, para que se sientan cómodos y se habitúen al lugar, antes de entrar en conversación. ¡Que les voy a decir! ¿Eh, no toques eso? ¿Niño, deja de jugar con mi pared, que la estás manchando? Eso sería de mala educación y a mí me enseñaron que sí no puedes decir nada agradable, entonces mejor permanecer callado. Y callado como una tumba, me limito a ir por delante de ellos en su visita, a modo de guía y sin que noten que les acompaño, comprobando que todo esté limpio y en orden, vigilando sobre todo que no quede ni una sola mota de polvo sobre los asientos. ¡Me satisface tanto ver a mis invitados sonrientes! Que alaben la construcción del edificio, el tacto de mis objetos, el gusto en la decoración, ¡todo! Me quedaría eternamente embobado mirándoles, sin saber que decir ni atreverme a romper ese instante de dicha. Pero esos momentos de deleite acaban pronto y de forma brusca. Alguien se levanta de repente y grita a los demás “Pronto oscurecerá y tenemos que salir de aquí”.
Luego le siguen las correrías y las prisas, primero acompañadas de risas y juegos, luego sollozos y choques. Y aparecen los nervios y con ellos los gritos, mientras corren como alma que lleva el diablo por las bellas estancias y los cuidados pasillos, sin prestarles atención, tropezando y trastabillándose de vez en cuando por no mirar al suelo. Algunas veces visitan hasta tres y cuatro veces una misma sala y dejan las otras de lado ¿Por qué? Creo que ni ellos mismos lo saben. Andan perdidos y desorientados. Pero, llegados a este punto ya no me importa lo que hagan: son incapaces de fijarse en las maravillosas filigranas esculpidas en los asientos y las delicadas estatuas que decoran las salas situadas en el corazón de mi casa. Pueden, incluso, llegar a pasar por delante de la fuente y no verla. Sí, tengo una fuente espectacular en la sala central, la más grande de todas, pero que conste que no es una fuente de esas falsas, sino una de las buenas, con agua de verdad que sube y baja, fresca y que apaga la sed. Pero ellos, sedientos y sudorosos como están, no se dan cuenta que podrían saciar sus necesidades en ella.
Cuando finalmente el cansancio de dar tantas vueltas hace mella en ellos, parecen zombis. Deambulan arrastrando los pies con los ojos extremadamente abiertos. Parece que vean pero no es así. El terror que sienten les ha cegado y son incapaces de mirar lo que antes habrían admirado sin lugar a dudas. ¡Qué curiosa y qué cambiante que es la gente! En esos momentos, yo podría excusarme por el mal trago que están pasando bajo mi hospedaje y pedirles disculpas alegando que no era esa mi intención y que solo pretendía que pasásemos una buena velada juntos pero ¿de qué serviría? ¿es que acaso me oirían? Claro que también podría intentar guiarles amablemente hasta la entrada y despedirles hasta otra ocasión más propicia pero, después de una larga experiencia tras muchos intentos que han terminado en desastre, he resuelto que lo mejor es no hacer absolutamente nada, tan solo retirarme tranquilamente y esperar a que encuentren su ansiada salida, cosa que suelen hacer, unos más pronto y otros mucho más tarde, pero todos de la misma forma, usando las últimas fuerzas que les quedan en correr hacia el portal de la entrada, por el que se filtran ya los últimos rayos del día, gritando, gimiendo y, a su vez, dando gracias a Dios por seguir vivos, tirándose al suelo, arrastrándose sobre él y besándolo en cuanto pisan el patio exterior. ¡No creo que sea para tanto! Pero ya veis, ya os avisé de que mis visitantes se comportan casi siempre de forma extraña. Y repito que casi, porque en dos ocasiones ya sabéis que no fue así. Claro que esas dos visitas fueron excepcionales.
La primera de ellas ocurrió hace muchos, muchísimos años. Llegó solo a mi puerta, con los ojos llorosos y los mocos colgando. En vez de traspasar tranquilo la entrada a la casa y salir de ella corriendo y asustado, como hacen todos, él lo hizo al revés. El pequeño de pelo y pantalones cortos entró hecho un verdadero vendaval. Corría a toda prisa y en su desesperada carrera, iba tropezando contra el suelo y sus propios pies, chocando contra las paredes a cada esquina. Nada paró su huída (pues tienes que huir de algo para correr como él lo hacía), ni siquiera cuando cayó a tierra y se golpeó en la rodilla tras tropezar con una raíz que sobresalía. Corrió y corrió, y no paró hasta llegar al mismo centro de la casa. Una vez allí, se quedó quieto un instante, inmóvil, para luego romper a llorar como no he visto hacerlo en toda mi existencia. Estuvo horas y horas sollozando hasta que, al ver que su desconsuelo no acababa nunca, le hable con la delicadeza que tengo guardada para las visitas especiales:
- Te vas a mojar la espalda entera si sigues sentado sobre el borde de la fuente- le dije con mi voz susurrada de hojas y ramas.- Estarás mejor en ese banco de ahí.
Se asustó. Dio un respingo y gritó:
- ¿Quién hay ahí? No te veo ¿Quién eres? ¿Eres un monstruo? ¿El Monstruo del laberinto?
- Soy yo -le respondí moviéndome un poco.
Entonces él se acercó. Tuvo que frotarse con las manos varias veces sus ojos empañados en lágrimas antes de poder dar crédito a lo que veía.
- ¿Eres… una planta? ¿De verdad, lo eres?
- Sí, ya ves que no soy ningún monstruo. Soy un ser vivo como tú. El “laberinto” como tú dices, es mi casa.
- ¿Y… también… hablas?
- Sí, claro. Igual que tú. ¿O es que acaso tú no hablas? ¡Menuda novedad! ¿Qué hay de nuevo en ello?
- Bueno… supongo que visto así… nada.
El chico pareció tranquilizarse momentáneamente así que, como soy bastante curioso, aproveche para preguntar, mientras él estiraba su mano y empezaba a rozar con sus pequeños dedos mis hojas, suavemente, lo que me provocaba un agradable cosquilleo. Reconozco que me gustó.
- ¿Quién eres tú? – le pregunté.
- Soy Pepín, -contestó- Pepín Portillo.
- Encantado de conocerte, Pepín. Yo me llamo Ficus Pumila, pero todos me ponen motes: que si “enredadera”, otros que “enamorada del muro”. ¡Con lo bonito que es mi nombre! Así que llámame Ficus, o Fic, si lo prefieres.
- A mí también me ponen motes, como enano… y también molestoso. A veces, apestoso. Otras, mofeta. Y también cara de rata. Todos me los pone mi hermano. A cada rato se inventa uno.
- Vaya, vaya. Son peores que los míos. Y dime ¿por qué corrías?
- Me he escapado.
- Ya lo pensaba. ¿Y de quién?
- De todos y todo. Estoy harto. Harto. Mi madre no me hace caso y me dice que la deje, que está cansada de trabajar porque mi padre nos  abandonó. Mi hermano me odia; se aprovecha porque es mayor que yo y me dice a cada momento: piérdete, mocoso enano, vete de aquí y no vuelvas… Pues bien, ya me harté. Si quieren que desaparezca para siempre de sus vidas, eso es lo que voy a hacer…
- ¿Y por eso has venido hasta aquí? ¿Para desaparecer?
- Claro, ¿no es un laberinto el mejor lugar donde perderse?
Eso me hizo reflexionar. Los demás visitantes se alteraban sobremanera cuando se perdían. Pepín era la primera persona que voluntariamente quería perderse. Y no me pareció mal la idea hasta que pensé en mis pequeños brotes y me pregunté cómo me sentiría sin ellos.
- Quizás hay alguien allá afuera preocupado por ti.
- No lo creo, y no pienso volver. Me quedo contigo. Nadie me echará de menos.
- Ya veremos si es así –le dije mientras, con esfuerzo, desenterraba el extremo de una de mis raíces subterráneas y lo envolvía con ella suavemente por la cintura. El niño revoloteaba y se quejaba, suspendido como estaba en el aire y hasta me propinó un puntapié que me dolió.
- ¡Déjame ir! ¡Déjame! –gritaba Pepín, enfurruñado.


Ilustración de Verónica Mercader Vera


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